Arrojados al vacio.
Después de tanto tiempo trabajando se acercaban las vacaciones, las esperadas vacaciones. Es tremendo el esfuerzo diario de trabajar mes tras mes, día tras día. Pero las vacaciones se convierten en la libertad de la esclavitud diaria, de la monotonía.
Ese año me fui de camping a los Pirineos, a ver la fauna y flora de esos parajes, los verdes y extensos valles, incluso estaba inscrito en una cacería de ciervos. Disfrutar de tanta tranquilidad, sin ruidos de máquinas que golpearan mis oídos.
El único inconveniente era mi perro, un perro de caza que no sabía dónde dejar. Los de la protectora de animales no lo aceptaban y si lo dejaba allí me sancionaban, por lo cual tomé la de decisión de dejarlo en la huerta de Cox abandonado, allí con las gentes de la huerta no sé moriría de hambre, incluso alguien podría adoptarlo. Lo cierto es que me daba lástima dejarlo, pero si me quería ir de vacaciones lo debía hacer. Pobre perro, cuando lo dejé no llegaba a comprender lo que estaba sucediendo, le extrañó ver tantas caricias por mi parte, pero allí inmóvil se quedó, viendo como me alejaba, cuando llevaba unos pocos metros pare el coche y miré hacia atrás fijándome solamente en sus ojos, tristes y vacíos, pero continúe mi camino, nada, en ese instante, podía hacer que me quedara sin vacaciones.
Lo cierto es que los Pirineos son bellos, tan llenos de vida, tantas variedades de flores, árboles, plantas, animales; respirar aire puro, dormir tapado hasta los dientes por el frío que hace incluso en pleno agosto. Todo ello regocija mi interior. También la cacería, hasta que después de realizar varios disparos fallidos, en el último, le di a un ciervo en el cuello, fue extraño, porque al acercarme al animal moribundo sé irguio justamente cuando estaba al lado suyo y me miró, otra vez volví a observar unos ojos tristes y vacíos, como los de mi perro cuando lo estaba abandonando. ¡El día más grande en mi carrera de cazador! y se acabó estropeando rápidamente. Ya no quise participar más. Al día siguiente cuando me desperté decidí olvidarme de todo y disfrutar del río haciendo piragüismo.
Al volver de camino a casa no paraba de preguntarme dónde estaría mi perro, lo cierto es que lo echaba de menos, me gustaba que me mordisqueara y sobre todo el irme de caza con él. Pero inesperadamente a los dos días de volver de vacaciones apareció en el portal de mi casa, ¡qué sorpresa! Bueno, no me sorprendí tanto, porque era un perro de caza y sabía de su buen olfato para rastrear, pero ¡que alegría! Otra vez con mi perro. Lo cogí en peso y le di dos besos, lo acaricié con tantas ganas que chilló de daño. Todo volvió a ser normal.
Comencé entonces a trabajar de nuevo, otra vez el martilleo de las maquinas en mis oídos, pero bueno, ya volverían otras vacaciones.
A los cuatro días de haber terminado mis vacaciones, cuando estaba en el sofá viendo la televisión junto a mi perro, recibí una visita inesperada, ¡era la guardia civil con una citación del juzgado de Orihuela! Me extrañé muchísimo, rápidamente le pregunté a los guardias civiles qué era esa citación, pero no me contestaron, simplemente se limitaron a decirme: - Léalo y presentese el día que le citan.
Rápidamente me puse a leerla y fue tal mi sorpresa que se me hizo un nudo en la garganta que aún llevo puesto. Venía a decir que estaba demandado por el abandono de mi perro, el cual había muerto por el atropello de una moto, rompiéndose el brazo la mujer que conducía y dejando inválida a su hija de 15 años cuando estás volvían a casa después de trabajar en su huerta. Me giré rápidamente hacia el sofá donde estaba mi perro exclamando que era imposible que fuera él, porque él estaba conmigo, pero en el sofá no estaba. Solamente vi unos pelos que con mucha lentitud se convertían en sangre e impregnaban el cojin dibujando unos ojos que lloraban, difuminandose y desapareciendo poco después.
El juicio fue muy duro para mí, al mirar a la niña vi sus ojos tristes y vacíos, me recordaron a los del ciervo, a los de mi perro. Me di cuenta que todos somos animales, incluso yo por creer que mi perro no sufriría. También que en los ojos residen los sentimientos y el sufrir queda reflejados en ellos, dando igual si ladras, maullas, ruges, hables el idioma que hables.
Nunca me repondre de tan ansiadas vacaciones, las que me arrojaron al vacío, sí, al vacío, porque cuando me miro fijamente en un espejo, veo la mirada del ciervo, del perro y de la niña. Todos con los mismos sentimientos truncados, arrojados al vacío.
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